La Toscana. Patrimonio de la humanidad

Casi todo lo que sepamos de la Toscana antes de conocerla se cumple al pie de la letra en cuanto se rueda por sus carreteras. Si alguien ha exagerado al hablarnos de la bellaza de esta tierra se ha quedado corto. La Toscana es tan bonita que da rabia y envidia. Tanto que muchos pusieron ejércitos en pie de guerra para apoderarse de ella. Ahí está la historia.

La sensación que da cuando se atraviesa cualquier escenario toscano es que todo está dispuesto para desarrollar al máximo las capacidades humanas. Porque esta tierra contagia perfección hasta en el trazado de sus carreteras secundarias, que más parecen diseñadas para conducir por ellas que para llegar a ninguna parte. Aunque, finalmente, lleven hasta alguno de los núcleos urbanos que mejor merecen su título como Patrimonio de la Humanidad: Pienza, San Gimignano, Siena, Montepulciano…

Conducir por la Toscana de ciudad en ciudad es un reencuentro con el mejor espíritu viajero: horizontes despejados entre valles fértiles, casi siempre con una escolta de cipreses a ambos lados de la carretera cuya silueta se ha convertido en símbolo de los caminos de la región y, de pronto, un decorado urbano que nos recibe sin que nadie parezca haber tocado una sola piedra desde el siglo XII y un restaurante o un hotel acogedores en los que comprenden perfectamente a quien no va con prisa y además, conduce eso que tanto les gusta a los italianos: una bella macchina.

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